"Gente incógnita" frente a la endogamia en la sociedad jerteña del XVIII
El siglo de las luces, y de las sombras.
El siglo de la razón con apagones
emocionales.
Señales hay muchas, no sólo datos, que
corroboran en los documentos cómo una pequeña localidad, reflejo de una
sociedad más amplia, está encorsetada en su época, en sus valores, en sus
limitaciones.
Cuando analizamos Jerte en el XVIII
tenemos la tentación de prejuzgar, a ojos de hoy, los valores y la sociedad de
entonces.
Y quizás eso es lo que nos llama más
la atención.
La omnipresencia religiosa católica en
toda la vida de cualquier persona.
La marginalidad legal o efectiva de la
mujer.
La estructura clasista y endogámica de
los poderes locales.
La pobreza y falta de recursos de todo
tipo: higiénicos, sanitarios, nutricionales, educativos…
Que se aprecian de forma muy evidente
en las dispensas matrimoniales de la segunda mitad el XVIII como veremos más
adelante.
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Varios artículos anteriores no hacen
más que confirmar las líneas anteriores.
Me preguntaba una persona si no había
registros civiles en el 1600 en Jerte. Si sólo estaban los eclesiásticos. Que
dónde se registraban los que nacían y no se bautizaban. Es sólo un ejemplo que
supone, para una mentalidad actual, abierta y pluricultural, un choque difícil
de resolver y comprender desde el ahora de nuestra sociedad. Pero “natural” en
esa época y en este “lugar”.
La omnipresencia religiosa católica en toda la
vida de cualquier persona.
No hay opciones de disensión o escape
de la religión (fe) católica en Jerte en el XVIII. Por supuesto, tampoco en los
siglos anteriores.
La iglesia guía y dirige la vida de
cada uno desde que nace hasta que muere. Le registra, le condiciona, le acoge
en su liturgia, incluso a la fuerza, y le acompaña en el tránsito de la muerte
con los santos óleos y los sacramentos de despedida. Queda registrado en los
libros parroquiales de bautizados, casados y finados, casi los únicos
documentos para muchos de su situación legal. Y algún listado de confirmados.
La iglesia, en este caso católica, pone
las normas y establece lo que cada uno tiene que pagar, (diezmos, primicias,
bulas, dispensas, donaciones, misas y oficios, gastos religiosos según su
condición, lugar de enterramiento dentro de la parroquia) o las preeminencias
en los actos religiosos, mayordomías… facilitando un acceso a los poderes
locales sólo a aquellos que se imbrican en el tejido religioso. No es de
extrañar que, entre las familias más acomodadas que copan los cargos públicos
tengan segundones que abrazan la vida religiosa en curatos y conventos. Resulta
evidente que entre esas familias más acomodadas lleguen a ocupar cargos más
relevantes como la Vicaría de Cabezuela o la basílica de san Vicente en Ávila.
Testimonios de estos valores son la
pertenencia de todo el vecindario a la cofradía de la Virgen del Rosario
(Candelaria) y el ingreso de cofradías más restrictivas como la del Santísimo
Sacramento y la Vera Cruz.
La posición en las procesiones
contando con un protocolo de orden según las autoridades locales, que sólo
pueden ejercer aquellas familias establecidas y de calidad y caudal adecuado.
Ejercer el cargo de Mayordomo de la
iglesia, llevando las cuentas de los gastos e ingresos de la parroquia, es
meramente honorífico, y sólo para aquellas personas con economías saneadas y solventes.
Éstos son elegidos por los representantes del gobierno local en sesión dentro
de la iglesia. Y con el visto bueno del obispado placentino.
No es de extrañar que, mientras en
épocas muy anteriores, en el siglo XVI y XVII, las personas se pedían enterrar
en zonas de la iglesia donde estaban sus deudos, no importando tanto la
preeminencia del altar mayor, a finales del XVIII, ya construida la nueva
iglesia, se concentre especialmente esta oligarquía local con las zonas más
costosas.
El número de misas es otro factor de
posición social. Bien asumido o exigido por el cura de turno que en ocasiones
ronda la cabecera del moribundo para incrementar el costo del entierro y los
oficios acostumbrados.
La marginalidad legal o efectiva de la mujer.
La mujer, legalmente, cuenta poco.
Salta a la vista en la inmensa mayoría de documentos donde está desaparecida.
El marido, si está casada, o el padre o tutor, cuando es soltera, anula por
completo las apariciones en documentos legales. Solo cuando tiene que aparecer
obligatoriamente lo hace de forma subsidiaria al marido.
Incluso la asunción del apellido
materno, tan tradicional en Jerte cuando la hija toma el de su madre, empieza a
desaparecer, imponiéndose, poco a poco el paterno para toda la descendencia de
mujeres y varones.
La pérdida de la tutoría de sus
propios hijos si se decide a contraer de nuevo matrimonio es una evidencia de
esta dependencia del varón. O la asunción de esa tutoría por el nuevo marido
hace que veamos cómo el papel de la mujer es secundario ante la ley. Y eso a
pesar de las recurrentes y extensas parrafadas de leyes que abogan por su
protección cuando tiene que dar su consentimiento legal al marido para que éste,
en su nombre, actúe en una gestión que la involucra e implica por completo a
ella.
Por supuesto que queda apartada de
toda decisión directa del ámbito social o político. No cuenta para los cargos
ni oficios del concejo, no se incluye ni una sola vez el nombre de una mujer en
los extensos listados de concejos abiertos, de acuerdos de cofradías…
La estructura clasista y endogámica de los
poderes locales.
Desde un principio el sentimiento de
pertenencia y de propiedad está muy ligado a los primeros habitantes del
pueblo. Un grupo reducido de personas que facilita las relaciones de apoyo
familiar. Que ante la necesidad puede socorrerte y ayudarte. Ese sentido de
pertenencia está muy arraigado frente a lo extraño, novedoso, o diferente.
La organización de la vida del Concejo
es reticente a incorporar cambios como se aprecian en las modificaciones de los
“Capítulos añadidos” de las ordenanzas ya en 1573. O anteriormente con el
pleito que 40 o 50 familias de Jerte y Cabezuela llevan a la Chancillería de
Valladolid porque no se les permite participar activamente en las decisiones
del concejo, que evidentemente les incumbe.
La estructura fuertemente mediatizada
por las familias establecidas, también económicamente, solo acoge en esos
rangos de representación a aquellos que pueden considerar sus iguales o
superiores. Así vemos como familias hidalgas se asientan en Jerte, aunque en
ocasiones estén censados en libros de pecheros y generen conflictos de
intereses. A cambio se les abre las puertas a los oficios más reputados:
alcaldes, regidores, procuradores o mayordomos de la iglesia. Y estableciendo
vínculos familiares con las familias más acaudaladas del pueblo.
Esto que en el XVI y XVII no es tan
evidente se acentúa en el XVIII. El detonante quizá sea la obtención del título
de villa en 1699. Verdadera inflexión del poder local que ejerce la pequeña
oligarquía. Parece que se acentúa el sentido de endogamia y de diferenciación
frente al forastero. Y eso que depende en extremo del trabajador venido de
fuera. Bien en forma de sencillo bracero como jornalero para la temporada
agrícola. Bien como especialista gremial en los trabajos de alguna
especialización. Bien para servir en las casas y haciendas, sirviendo o
cuidando el ganado. Es continua la necesidad de herreros, canteros,
carpinteros, cortadores, guardas de ganado…
Desavenencias, conflictos,
enfrentamientos de intereses, partidismo… a veces rompen las costuras de la
convivencia. El cargo de alguacil, problemático, difícil y poco remunerado, no
se quiere asumir por alguno, que termina en los pleitos de la Real
Chancillería. El sistema de elección de cargos del ayuntamiento termina siendo
por insaculación para evitar facciones y enfrentamientos. Son solo unos
ejemplos.
La pobreza y falta de recursos de todo tipo:
higiénicos, sanitarios, nutricionales, educativos…
Todo lo anterior no quiere decir que
incluso las familias más pudientes no pudieran pasar por algunas dificultades
en algún momento.
Todavía, hacia la segunda mitad del
XVIII, se respira un aire de progreso. Aumento de la población, incorporación
de mano de obra inmigrante que se va integrando progresivamente, ocupación de
cargos de mayor rango entre las familias jerteñas más poderosas que se
relacionan con familias hidalgas de fuera…
que se comienza a truncar con la pérdida del castañar injerto que
suponía sobre una tercera parte de los ingresos familiares de una familia.
Y que termina por saltar por los aires
con las consecuencias fatales de la Guerra de la Independencia a nivel general,
y la quema de Jerte en el 1809 a nivel local.
Es fácil de entender que la situación
precaria de una familia media o humilde, con varios hijos, caiga al límite de
la pobreza cuando fallece el padre, la madre o ambos por enfermedad o
accidente.
Las medidas higiénicas y sanitarias
son muy escasas. Los conocimientos médicos aún son poco eficaces. Y, sospecho,
las supersticiones en zonas rurales estarían muy presentes en la vida de esos
jerteños. Aún recuerdo alguno que me contaron no tan pequeño. Si un viernes en
el campo, sin buscarlo, al girar una piedra te encuentras una estructura de una
puesta de un bicho que no sé bien qué es, y te la guardas en el bolsillo… no te
dolerán las muelas mientras lo tengas en tu bolsillo. Sin palabras.
Casi la expresión misma de los puntos
anteriores se compendia en las dispensas matrimoniales que se conceden en la
segunda mitad del XVIII. Se pueden consultar en el Archivo Histórico Diocesano
de Plasencia.
Una en concreto refleja, sin tapujos,
el ideario social de esa época en nuestro pueblo. Merece la pena conocerlo.
Estamos hablando de hace dos siglos y medio.
Dispensa matrimonial concedida a Juan Cepeda y
Ana Gallego Delgado, vecinos de Jerte, en 1774.
En lo tocante a la información
habitual no difiere de otras. Establece el grado de afinidad o consanguinidad
entre los contrayentes. En este caso, 2º con 3er grado por un lado y 3º con 4º
grado por otro. Ambos de consanguinidad. Es decir, tienen algún ascendente
común.
Los testigos que aportan los
contrayentes, y otros nombrados de oficio, en este caso, tres y tres, van
contestando a las preguntas de rigor que se venían haciendo desde siglos atrás
y que se siguen formulando siglos después. Ante el notario apostólico. En este
caso ante Juan Sánchez escribano de Jerte que tiene ambas condiciones.
Si conocen a los contrayentes. Si han estado ausentes del pueblo durante un
tiempo significativo. Por ejemplo, aquí no han estado ausentes de Jerte “a
excepción del contrayente que estuvo un año estudiando Gramática en la
Serradilla y medio año en el Convento del lugar de Hervás con motivo de los
estudios”
Qué relación y grado de parentesco
tienen y cómo lo saben.
Gracias a ello uno tras otro da la
información que en muchos casos permite reconstruir parte del árbol genealógico
de los novios.
Si la novia ha sido forzada a casarse
en contra de su voluntad.
Pero donde se deja ver en toda su
realidad la ideología endogámica y clasista es en la pregunta que se pide
justificar por qué se van a casar a pesar del parentesco. ¿No hay otras
opciones?
Veamos lo que aporta Juan Muñoz
carrón, de 59 años, como primer testigo.
La villa de Jerte es de corta
vecindad, de sobre unos 220 vecinos, incluidos viudos y pobres de solemnidad.
El vecindario comprende tres clases
según su calidad y caudal. “La contrayente es de la 1ª calidad y más
distinguida”.
Según esta clasificación hay 80
vecinos de la 1ª clase. “que son aquellos cuyos ascendientes son y
han sido naturales y originarios de este Pueblo, conocidos en él por cristianos
viejos, de limpia generación, que como tales han servido las mayordomías del
Santísimo Sacramento, Vera Cruz, fábrica y otras distinguidas; y servido, digo
ejercido, los oficios de alcaldes, regidores, Procuradores del Común y demás
honoríficos de la República”
La 2ª clase la conforman 60 vecinos, “aquellos
que, aunque ellos, sus padres y abuelos sean naturales de este lugar, no o han
sido los demás ascendientes, sino que venido de otras partes, y aún de
provincias y reinos extraños, a servir o trabajar a este pueblo, se han casado
en él, y, aunque ellos han vivido cristianamente con honradez y hombría de
bien, les obsta siempre la tacha de advenedizos y nunca se les da aquel grado
de calidad que a los primeros por la ignorancia que se padece de los dichos
ascendientes y oficios que han ejercido”
La 3ª clase “se reduce a 80 vecinos”.
Y son aquellos que “no sólo sus padres, sino aún ellos, son naturales de este lugar, a que
se llegan los oficiales de todos Gremios, y así mismo los mesoneros y también
los que obtienen y han obtenido los oficios viles y bajos”
Juan Casas en su declaración confirma
en este grupo a “los oficiales de todos gremios, los mesoneros, también los cortadores,
pregoneros y demás oficios viles y bajos”
Hecha esta distinción pasa a
justificar el enlace entre los novios.
En la 1ª clase, sin el contrayente,
hay 9 varones solteros y 8 viudos “aptos para casarse”. De los 17, 16
son parientes de la contrayente dentro de 4º grado por afinidad o
consanguinidad. Y el “que resta es mozo soltero y padece afecto
asmático”
En la 2ª clase hay 18 solteros y 4
viudos. Y esta clase es “inferior en calidad y en caudal”. Y
apunta que “el que más tiene de ellos es aproximadamente la mitad de la
contrayente”. Además “exceden muchos la edad” porque pasan de 50 años
los viudos. “También hay uno que es soldado miliciano dos años hace y 3 defectuosos”.
“Y
otros muchos jornaleros y pobres de solemnidad”.
En la 3ª clase hay 26 solteros y 8
viudos, pero es “más visible la disparidad de calidad y caudal”, “porque
se componen todos de jornaleros sin arraigo alguno, pobres de solemnidad, gente
incógnita y de viciosas costumbres y algunos soldados”
Sin palabras.
Otros testigos ratifican lo anterior.
Todos, evidentemente, pertenecen a la
primera clase. Y está claro cuando dicen que debe ser así o de otra forma “ni sus
padres lo consentirán”.
Juan Casas (59 años), Francisco
Gallego (50 años), Alonso Montero (64 años), Diego López (63 años) y Síndico
Procurador del Común, y Francisco Montero Susaño (54 años).
Y finalmente el párroco de Jerte emite
su certificación final.
Ambos contrayentes tienen 19 años.
Y dice “el exceso de edad es de un año
poco más o menos, la calidad y condición es igual como descendientes de unos
mismos troncos y hallarse los dos de un mismo estado de libertad, sin
deformidad ni defecto corporal, ni poseídos de vicio alguno”.
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